Relat del pare acompanyant al part #03

Gael nació el 15 de marzo de 2020. El día anterior, el 14 fuimos al hospital para comprobar que todo iba bien. Mildred, la madre de Gael, se pasaba de cuentas de más de una semana. No había ninguna señal de parto.

Horas más tarde, junto con la madre de Mildred y una amiga comentábamos la situación que se estaba desarrollando en nuestra sociedad. La administración central daba el orden de que a partir de esa noche nadie podría salir de casa hasta nuevo aviso. Ese virus lejano del que hablaban los telenoticias estaba aquí, entre nosotras. Todo era nuevo y preocupante. Sin precedentes en nuestras vidas.

El personal sanitario nos había dicho que nosotras no debíamos ir a casa, sino al hospital. Gael llevaba más de la cuenta en el horno, sin embargo, en el último mes, apenas había crecido. Era hora de provocar el parto, de inducirlo, para que naciera.

Esa primera noche del confinamiento que casi todo el mundo paso en casa, Mildred y yo la pasamos en el hospital. En realidad había muchas trabajadoras en el hospital. No sé a quién dar las gracias por ello, con la que estaba cayendo. Esa primera noche, la noche antes de que naciera Gael, Mildred (con el catete puesto) y yo no pudimos dormir. Compartimos habitación con una mujer que estaba visiblemente enferma y que, la pobre, roncaba mucho y muy fuerte.

Por la mañana, Mildred, estaba agotada de no haber podido dormir nada en absoluto. Durante todo el día estuvieron intentando que Mildred dilatara y que se el proceso de parto se activase. Pobre Mildred estaba agotada y no había manera. Hacia el mediodía, Mildred me decía que no podía más, que estaba extasiada. El asunto de las mascarillas aún no había llegado, digamos que al Congreso de los Diputados y esos sitios. Así que Mildred y yo estábamos sin mascarilla, al igual que el resto de pacientes. Todo el personal sanitario sí que llevaba.

Una situación que siento se repitió numerosas veces en el proceso, fue que las comadronas muy respetuosas con la manera en la que Mildred quería llevar a cabo el alumbramiento de Gael, venían y le preguntaban cómo debían proceder con respecto a ciertos asuntos. Mostraban las opciones. Recuerdo, un poco, que nos preguntaban a los dos. A mí me incomodaba, porque el cuerpo que estaba pariendo y sufriendo era el de Mildred. Por su puesto, era cosa suya. Pero, por otro lado, Mildred estaba muy cansada, agotada, no podía más… Y no estaba siendo el parto idílico que cualquiera hubiera soñado (no creo que exista ningún parto idílico, es una trampa). Yo si algo sé, es que de medicina, alumbramientos y esas cosas no tengo ni idea… Por mucho curso preparto que haya recibido. El cual, considero, por cierto, que debería ser obligatorio para todos los futuros papas. A mí me ayudó mucho.

Ante el dilema de que Mildred decidiera, ya que estaba agotada y no tenía ganas de pensar ni de decidir nada (estaba harta), mi forma de resolver fue pidiéndoles a las comadronas consejo. Ante las opciones que presentaban a Mildred con respecto al parto, les preguntaba qué harían ellas. Cuáles eran, desde su punto de vista, como mujeres y profesionales, las mejores opciones entre las que podíamos optar. Qué harían ellas si estuviesen en ese momento en la situación de Mildred. Lo sorprendente, es que ellas lo tenían muy claro. Eran unas mujeres estupendas y unas fenomenales profesionales del Hospital Sant Pau. Sabían perfectamente qué harían ellas en nuestra situación. 

Lo que quiero decir, es que la rigurosidad por el respeto a como la madre quería llevar a cabo el parto por parte del personal sanitario y en concreto de las comadronas era tan profesional, que yo creo que Mildred y de rebote yo, nos sentíamos solos ante tantas decisiones complejas. Básicamente, Mildred quería que Gael saliera y verlo y abrazarlo y recuperarse y ya… Yo entendí que como padre, el parto me pedía que confiara y transmitiera confianza a Mildred en las personas que cada día ayudan a parir a cientos de mujeres. A veces las opciones eran muy bestias: seguir intentando dilatar y que el parto se llevara a cabo inducido pero vaginal o directamente hacer cesárea y acabar con el sufrimiento ¿valía la pena seguir sufriendo? Mi forma de apoyar a Mildred y a Gael durante esas horas fue entregarme a la confianza de que las mujeres que las mismas mujeres que estaban haciendo las preguntas sabían las mejores respuestas. Pero que, se podían meter en un lío si nos las daban de buenas a primeras, estaban obligadas siempre a que Mildred y yo les preguntáramos: ¿y vosotras que harías?

Y así fue funcionando: ellas nos preguntaban las opciones. Mildred destrozada me miraba pidiendo apoyo. Y yo, como sacándome las responsabilidades de encima, les preguntaba: ¿Qué creéis que es mejor?

Gael nació en un quirófano mediante cesárea. Dadas las circunstancias, yo no pude estar en el quirófano. Me encontraba solo en una habitación. Fuera de mí, estaba pidiendo perdón por todos mis errores y clamando piedad a algún Dios, si lo hubiera y por casualidad estuviera escuchándome en ese momento. Que pasase lo que pasase, se me llevara a mí y que dejara vivir a esas dos personitas que estaban en el mismo hospital que yo, a las cuales tanto amaba.

Gael nació con relativo bajo peso, también él, desde el “otherside” lo había estado pasando mal. Pero bueno, no era ningún drama. Estaba sano y bastante bien. Mildred estaba absolutamente agotada, pero feliz con su bebé. Y yo no podía más que dar las gracias por ese milagro tan cotidiano e inverosímil. Quince de marzo de 2020 nació la cosa más importante en mi vida. El contexto no podía ser peor. Eran las 24h en que más personas morían en España desde hacía muchísimo tiempo. Fue el día más letal de toda la pandemia. Yo no podía dar más que las gracias por esa bomba de ternura que me explotaba en los brazos a cada momento. También, de vez en cuando, pedía perdón por mi dicha a toda esa gente que estaba muriendo y sufriendo ese día. Recuerdo pensar, que aunque todo se fuera a la mierda en 10 días y toda la humanidad se extinguiera, yo no podía ser más feliz con mi niño en los brazos.

Joan Ignasi Puig